Bienvenidos a la página web de Soledad Puértolas
Os propone descubrir en exclusiva el primer relato de su futuro libro cuyo título prefiere no desvelar.
Música
Soledad Puértolas
Cuando llegaba el verano y los niños eran pequeños, empezábamos a
pensar en el largo viaje a Galicia, en todos los problemas que el viaje
planteaba. Antes de nada, habría que decidir, un año más, si iríamos a la casa
familiar o buscaríamos algo por nuestra cuenta. Los inconvenientes de ir a la
casa familiar eran evidentes y, si un año íbamos, al siguiente no nos quedaba
el menor atisbo de ganas de volver. Pero buscarnos la vida por nuestra
cuenta tampoco era un asunto sencillo. Había que ponerse a pensar meses
antes de que llegara el calor y nos dejara atontados y sin recursos, de lo
contrario, ya estarían comprometidas las casas de alquiler más
interesantes. Por falta de previsión, tuvimos que pasar más de un verano en
Madrid, haciendo breves escapadas a un lado y a otro.
Una vez tomada la decisión de pasar el verano en Galicia, ya fuera en la
incierta casa de alquiler apalabrada hacía meses o en la agobiante casa
familiar, estaba el asunto del coche. Durante aquellos años, tuvimos una
ristra de coches, a cual más quebradizo. En diferentes tramos del largo viaje
a Galicia, aquellos coches se detenían, con una insultante falta de
consideración hacia la posibilidad de que hubiera o no talleres de reparación
cerca. O de que fuese domingo y estuvieran todos cerrados. Hubiéramos
debido de viajar siempre en días laborales, por el asunto de los talleres. Pero,
cada vez que emprendíamos el viaje, nos olvidábamos de la amenaza de la
avería -bastantes cosas teníamos que resolver antes de ponernos en
marcha-, y nos lanzábamos a la carretera, casi siempre en domingo, para
evitar los camiones.
Uno de los coches que más problemas nos dio fue un viejo Saab que había
pertenecido al padre de mi marido. Era un coche muy bonito, marrón
metalizado, que nunca funcionó del todo bien, era el típico coche del que se
decía que había salido mal. Pero nos gustaba mucho, no sólo porque tenía una
línea muy elegante, sino porque era grande y cómodo. Hasta el momento,
habíamos tenido un Seat 800, un Diane y un Seat 127.
En el viaje que se destaca ahora en mi memoria, uno de los inevitables y
larguísimos viajes con avería, viajábamos dos adultos -mi marido y yo- y tres
niños, mis dos hijos, de dos y siete años, y un amigo del mayor. No
llevábamos el remolque con el 470 de mi marido, que, junto con los perros, se
incorporó a nuestro viaje, también con avería, del siguiente año, cuyo punto
de destino fue el más lejano de todos, porque habíamos alquilado una casa al
borde del arenal de Abelleira, junto a la ría de Muros, y fue uno de los veranos
más tranquilos y felices de aquella época. Pero en esta ocasión nos
dirigíamos a la casa familiar.
El coche estaba abarrotado, lleno de maletas y bolsas, y yo no podía
evitar pensar en nuestro parecido con la popular historieta de la última
página del TBO, “La familia Ulises”, que tanta vergüenza ajena me producía
cada vez que mis ojos se topaban con ella, en aquellas remotas mañanas de
domingo de mi infancia, cuando la lectura del TBO era un rito en el que
pensaba, ilusionada, durante toda la interminable semana colegial. Al fin, el
rito se cumplía, aún cuando yo todavía tenía que esperar un poco más,
mientras me distraía con cuentos también comprados en el quiosco, después
de misa, porque el TBO no llegaba a mis manos hasta que mi hermana no lo
hubiera leído de cabo a rabo. Los dos años que la separaban de mí le
concedían, entre otros, el privilegio de ser ella la primera en leer el codiciado
TBO. Yo esperaba, resignada, algo resentida, pero sabía que al fin el TBO
sería enteramente mío, por mucho que mi hermana se demorara, quizá para
hacerme rabiar. Pero la familia Ulises me producía un gran rechazo. Era
absolutamente grotesca. Siempre andaban de un lado para otro, todos
juntos, niños, mayores, ancianos, animales -el pavo de Navidad, una gallina
que luego serviría para hacer caldo, un loro que alguien les había regalado o
encasquetado a última hora...-, camino de quién sabe qué lugar, el pueblo del
padre o de la madre. Se desplazaban en una pequeña camioneta que llenaban
hasta el techo e incluso colocaban bultos, atados con cuerdas, sobre el
techo. Parecía mentira que al fin cupieran todos en aquella trequetreante
camioneta -más bien era como un autobús de los de entonces, pero en
pequeño- que levantaba a su paso manifestaciones de burla. La familia
Ulises, evidentemente, no era un modelo apetecible. He aquí, que, al cabo de
los años, me veía inmersa en ella en calidad de socia fundadora.
Como la mayoría de los niños de la época, mis hijos tenían pasión por la
música. Sus gustos musicales no coincidían, porque pertenecían a
generaciones distintas, por lo que surgían inevitables peleas para establecer
turnos más o menos equitativos para sus casetes. Pero en aquel viaje, el
pequeño era aún muy pequeño y todos nos plegamos a los dictados musicales
de mi hijo mayor, y, más aún, a los de su amigo, que sentía pasión por Simon
y Garfunkel.
Parecía que, entre empujones, las migas de pan de los bocadillos, los
salpicones pegajosos de la coca cola, la música machacona, combinado todo
con la eterna pregunta, ¿cuánto queda?, el viaje estaba resultando un éxito -
habíamos atravesado ya Castilla-, cuando, en Verín, donde habíamos parado
para tomar, nosotros, un café y los niños sus refrescos y sus tigretones y
panteras rosas -aquellos espantosos bollos rellenos de crema de chocolate o
de fresa, a los que eran adictos-, el motor no quiso, después del breve
descanso, volver a funcionar. Era una de las averías clásicas del Saab, por lo
que no suponía una verdadera sorpresa, pero eso aún la hacía más fastidiosa,
¿cómo habíamos sido tan imprudentes?, ¡no hubiéramos debido de parar!
Debían de ser alrededor de las seis de la tarde, hora más, hora menos.
Un calor de muerte. Por fortuna, no era domingo y encontramos un taller.
Llamamos por teléfono, vino la grúa y se llevó el coche averiado. Mi marido se
fue con él. Los niños y yo nos quedamos en el bar. Aquel rato a mí se me hizo
interminable, pero no a los niños, que se gastaron todas mis monedas en la
máquina de los discos, de la que una vez, por error, salió una canción
mexicana cantada por Rocío Dúrcal que, por alguna razón, les gustó, y
durante ese verano y el siguiente, el de Abelleira, siempre que íbamos a un
bar, la buscaban en la máquina y nunca dejaban de ponerla al menos un par de
veces. Al cabo, apareció mi marido y nos comunicó que, como ya era muy
tarde y había que ir a buscar no sé que pieza a no sé qué lugar, el coche no
estaría listo hasta la mañana siguiente. Había que hacer noche, lo que
suponía, por encima del trastorno, un claro desequilibrio para nuestro
presupuesto.
No sé si era finales de julio o principios de agosto, en todo caso, no
resultó fácil encontrar habitaciones. Al fin, en el parador nacional nos
ofrecieron un acomodo de urgencia -eso dijeron- en un ala que aún no se
había inaugurado. El parador se encontraba a unos kilómetros del centro de
Verín. Tuvimos que ir al taller a coger parte del equipaje, lo que
necesitábamos para pasar la noche. Los niños, no sólo sus bolsas, sino toda
su música. Un gran transistor y las innumerables casetes. Un taxi nos llevó
hasta el parador.
Curiosamente, las horas pasadas entre la cafetería, el taller y el taxi,
con mi hijo pequeño en brazos y a veces llorando, cansado o aburrido, y mi
hijo mayor y su amigo pidiéndome contantemente monedas para el gramófono
y jugando a perseguirse, a empujarse, a hacer rabiar al pequeño, me traen
ahora un aire placentero, como si todos esos lapsos de tiempo no hubieran
estado impregnados de inquietud ni de cansancio. Quizás sea porque estoy
segura de que tanto mis hijos -a pesar del llanto esporádico del pequeñocomo
el amigo del mayor, se lo pasaron muy bien y yo, con el tiempo, haya
hecho mío su bienestar.
Luego, en la habitación destartalada del parador nacional, pusieron su
música, el “Puente sobre aguas turbulentas”, cien veces más. Tengo la vaga
idea de que mi marido, a la hora de la cena, se llevó a los mayores al comedor
y yo me quedé en el cuarto con el pequeño. Imagino que nos traerían algo
para cenar. Cuando ya estaban los niños, los tres, en la cama, dejamos
abiertas las puertas de los cuartos -no había nadie más en aquel ala, era
cierto, como nos dijeron, que aún no estaba terminada del todo y que habían
preparado las habitaciones sólo para nosotros- y salimos un momento a
respirar el aire de la noche.
Recuerdo ese momento de calma en la noche estrellada y la sensación de
que todo estaba en orden y que, en medio de todo, era bueno que el viaje
durara tanto. Pero lo recuerdo con música de fondo, no con la que ponían
nuestro hijo y su amigo, ni siquiera con la que, en cuanto tenía una
oportunidad, ponía mi marido, las inacabables canciones de Bob Dylan.
¿Qué música suena allí, alrededor de este recuerdo? Era una música
lejana, como si viniera de un merendero, de una fiesta al aire libre, una
música que no tenía nada que ver con nosotros, y quizá por eso la retuve.
Era una música que se dirigía a mí, hacia el centro de mi ser. Vagamente
pensé, mientras me llegaban oleadas de aquella música que no era la que le
gustaba a mi marido ni a mis hijos ni a sus amigos, que a mí no me había
dado tiempo de saber qué clase de música me gustaba. Aún era muy joven y
no lo sabía. Sentí nostalgia por la parte de mi juventud que había dejado
atrás, por fiestas al aire libre que no había vivido, por un tocadiscos
instalado sobre una mesa baja en el garaje de una casa de verano una noche
con olor a mar.
Pero puede que esté mezclando recuerdos, porque hay otro momento de
otro viaje con avería en que, sentados en el bordillo de un arcén, junto al
coche, bajo la sombra de un árbol, estuvimos detenidos largo rato, todos, mi
marido, mis hijos y yo y quién sabe si algún amigo de uno de ellos, esperando
no sé a qué -quizá a que se enfriara el motor del coche-, con la radio puesta,
y también entonces pensé que había algo en esos viajes interminables que
estaba bien, que me gustaba.
sp
Pozuelo de Alarcón, enero 2009